La tarea parlamentaria del diputado Agustín Rossi
Por Horacio González. Director de la Biblioteca Nacional

Todos conocemos el ir y venir de los diputados en el hemiciclo, antes del comienzo de la sesión. Las conversaciones se desgranan con velocidad, se anudan diálogos truncos, en algún caso se cruzan humoradas, personas que están destinadas a refutarse en un debate posterior se dan la mano, y no pocas veces, un clima cerrado de tensiones rodea la expectativa del comienzo de sesión. Aunque esta afirmación es obvia y están para responderla en cualquier curso de instrucción cívica en nuestros institutos educativos, conviene recordar que la profesión del representante del pueblo es fruto de la gran complejidad de las democracias contemporáneas. La Cámara no es un mercado de bienes y servicios, pero se usa sin prejuicio la palabra negociación, que ya el mundo político ha adquirido definitivamente. Significa, antes que nada, un vértigo, una insinuación a volver con rapidez un conjunto de opiniones ya auscultadas –la de la bancada, el grupo de diputados afines- a fin de convertir la enunciación parlamentaria en una propuesta formulada con firmeza pero sin arbitrariedad.

En la Cámara, con más razón, siempre hay un Otro, un enjambre de voces muchas veces pulverizados en posiciones muy diversas. El diputado que representa la mayoría parlamentaria tiene una crucial responsabilidad: reunir opiniones, esbozar la suya sin preferirla ante los demás, reservarse una última palabra de unidad y de inteligente sensatez y luego pronunciar oraciones vibrantes que puedan habitar o llegar al corazón de la política y de las más entrañables tradiciones parlamentarias: sostenido en información y cuadros estadísticos, porque no, pero siempre haciendo vibrar una emoción última, ni demagógica ni preparada a último momento. La emoción de la representación democrática, comienza por el trato equilibrador de las opiniones en el bloque propio, de la capacidad de estar informado del discurrir de las comisiones, y luego de ese momento único –pues se equivocan lo que dicen: solo importa el trabajo en comisión, la discursiviad es secundaria- donde solo con su conciencia –conciencia ya abonada de la conciencia latente de los demás- se hace brotar el discurso, con las pausas necesarias, con la emoción contenida y con la capacidad de persuasión convertida no en un goce irónico sino en un respeto por sí mismo y por el adversario. Así se me figura el proceder que el diputado Agustín Rossi tuvo durante todo el tiempo en que ocupó la presidencia de la bancada mayoritaria en la Cámara de Diputados. El diputado recibe aplausos pero no es un fabricante de aplausos. En última instancia, el aplauso es la gramática necesaria, no buscada deliberadamente, por la que instituye y vuelve a instituir el espíritu de grupo.

El recinto de debate es uno de los ámbitos más delicados de una democracia viva. Parece sometido a reglas continuas y persistentes que a veces interrumpen el flujo continuado de los debates o por momentos sirven para emplearlas de un modo en que cumplen menos su función a favor del turno o el tempo de las argumentaciones que a favor de afectarlas con un caudal de saberes procedimentales casi abrumadores. Con ser esta una conducta minoritaria, vimos siempre al diputado Rossi haciendo un uso prudente del procedimiento, que siempre debe ser tributario del debate –por más animado y enérgico que éste sea- y no una rutina brusca para obstruirlo. Hemos percibido al diputado Rossi en su tarea específica, trazando las grandes líneas argumentativas de su bloque, y a la vez cuidando del uso correcto de los necesarios reglamentos para el uso de la palabra. Estos provienen de antiquísmas tradiciones de debate asambleario por las cual han atravesado todas las civilizaciones. Alguna vez se dijo que el cúmulo de reglas de debate parlamentario son el resultado viejas revoluciones ya extinguidas y que sobreviven silenciosamente gracias a que con cuidados por el rito que mantienen los parlamentos; muchas veces esas raíces son malintepretadas, otras veces repentinamente iluminadas por un empleo de la palabra deliberativa que hace recordar las grandes oratorias del pasado. Allí, algo viene a moverse, viejas nervaduras dormidas asoman otra vez a la conciencia pública, porque estos recintos son representaciones explícitas de lo que muchas veces son los pensamientos secretos de una sociedad y no siempre se animan a salir a luz. Entendimos, desde siempre, que el diputado Rossi, pudoroso, honró estas tradiciones parlamentarias, que en la Argentina cuenta con figuras decisivas –un Aristóbulo del Valle, un Palacios, un Lisandro de la Torre, un Moisés Lebenshon, un Arturo Sampay, un Germán Abdala-, todos portadores de tradiciones que aun permanecen, diversas entre sí, desde luego, pero que en lo que nos interesa, representan la dignidad parlamentaria o asamblearia y constitucional de una sociedad democrática. Agustín Rossi, no teniendo necesidad de haberlo expresado así nunca, desempeñó su representación específica sin mengua de ninguna de esas tradiciones, que hacen a la rica diversidad parlamentaria argentina. En la acritud de los debates, como a veces en la excesiva burocratización que éstos conllevan, esto se percibe menos. Aunque lejos del fervor activista, respetable y siempre necesario, este prólogo a su labor parlamentaria lo reconoce con imparcialidad y el necesario tono de recato con el que estas cosas deben decirse.

Rossi es un orador. Basta ver, entre tantas otras, su intervención sobre la estatización de Aerolíneas Argentinas, que mantiene un paralela línea de sustento en historias acontecidas, fuerzas económicas hostiles y políticas en pugna, conciliábulos en donde intervienen ámbitos de poder nacionales e internacionales –descriptos en numerosos discursos por Rossi, siempre con precisión, sostenidos en un evidente estudio previo de lo que se va a decir- con la nota insustituible que una buena intervención sobre tales cruciales temas debe tener: la digna apelación al sentimiento colectivo, no por medio de fáciles poéticas de ocasión, sino por la fuerza inherente a la trama interna de todo hecho fundamental producido por el estado. Cual es, la capacidad de apelar a la sociedad civil para que lo perciban como parte de una proposición serena y una apelación que sabe originar una madura emoción comunitaria.

Sentimiento que logra Agustín Rossi en su discurso de despedida de Néstor Kirchner. No era esta una ocasión fácil, como lo puede percibir cualquiera por más mínimamente atento que se halle a lo que genera la muerte de una figura central en la política de un país. Abundan en la historia ejemplos de estos discurso, que muchas veces son grandes odas, como las de Lafinur ante el atúd de Belgrano, la gran pieza de Malraux frente al estatua de San Martín en París, o la de Balbín frene al féretro de Perón en 1974. Citamos deliberadamente un ramillete disperso pero recordable de discursos de esta índole, gran legado de la humanidad clásica, la oración fúnebre. Rossi, recordando la historia de sus propios sentimientos filiales, consigue una pieza recordable –no mencionamos aquellos antecedentes a fines comparativos, sino para rememorar la dificultad del tema- en un momento en que el orador público parecería convencido que la maraña de los medios de comunicación contemporáneos, ya no exigen esfuerzos al que es comisionado para la apología del muerto ilustre. Saber pasar con madurez y fuerza emotiva contenida tal desafío, a propósito del fallecimiento Néstor Kirchner, lo podemos considerar uno de los logros importantes de la oratoria argentina en los grandes momentos conmoción pública, que lo fueron tanto para los partidarios del político muerto como para sus opositores. Rossi captó y sintió esa fuerza colectiva.

El debate parlamentario es un ámbito sensible al debate social que lo enmarca –es, sin duda , una eminente caja de resonancia- pero es sabido que todo lo que fluye en las corrientes de opinión más vivaces de un terreno histórico determinado, no siempre pasan, ni tendría porque hacerlo, al ámbito representativo donde actúan diputados y senadores. La representación, paradojalmente, tiene su fuerza en que intenta en lo posible, ser transparente al movimiento general de lo social. Pero también es expresión de la opacidad que contiene todo el medio social y porque no, las características heterogéneos de todo cuerpo representativo. La Cámara es cambiante, vertiginosa, quebradiza, anuda y desanuda acercamientos, alianzas y replanteos, que tienen una extraordinaria peculiaridad: la del trasfondo de la representación ciudadana que las explica, pero nada inhibe que cada representante, vaya poniendo en juego con su estilo propio el entrechocar inevitablemente de las pasiones.

Rossi es un observador atento de esas realidades y dificultades de toda representación parlamentaria, que permiten dentro del conjunto de fidelidades declaradas, los movimientos propios de albur, la contingencia, la inspiración momentánea. Esta compleja composición anímica en el representante del pueblo es que hubo de comprender muy bien el diputado Rossi cuando haciendo anteceder a cada uno de sus discursos, explica en este libro creador de ciudadanía, las condiciones de su producción. He aquí un relato en primera persona de cómo diputado y jefe de boque, percibe el enorme juego de posibilidades, ese archipiélago rumoroso de la democracia, que es la difícil labor parlamentaria, en este caso sobre la ley de matrimonio igualitario:

“La discusión, no obstante, no se presentaba sencilla. La posibilidad de que dos personas de un mismo sexo pudieran adoptar hijos distanciaba las posiciones y generaba divisiones en la mayoría de los bloques. La situación se reflejó durante el debate en comisión. Se presentaron cuatro dictámenes: uno por la mayoría, impulsando el matrimonio igualitario, y tres por la minoría, proponiendo con diferentes matices la unión civil. Las divergencias también quedaron expresadas durante el intenso intercambio de opiniones que precedió a la votación en el recinto: fueron doce horas de sesión que resumieron dos meses de discusiones y que, en términos conceptuales, sintetizaron la evolución del debate legislativo y social”.

“En un principio, la iniciativa se planteó en términos estigmatizantes al quedar formulada como “matrimonio gay”. Con el correr de los días se fue gestando una idea alternativa: la de aprobar la unión civil, que provocaba más apoyos y menos tensión. Sin embargo, era evidente que si nos quedábamos con la aprobación de la unión civil no cerrábamos el debate. Más temprano que tarde deberíamos volver sobre el tema. Era una forma de dilatar la cuestión de fondo. Una suerte de atajo. Transitarlo significaba darle la espalda a una realidad: en la medida en que el debate ganaba profundidad y trascendencia pública, sumaba adeptos la idea de habilitar a las personas del mismo sexo no sólo a contraer matrimonio, sino también a adoptar niños. Lamentablemente, el resultado de la votación, que arrojó 126 votos afirmativos, 110 negativos, 4 abstenciones y 16 ausentes, no reflejó el grado de consenso que la propuesta había alcanzado en la sociedad. Sí reflejó, en cambio, el apoyo transversal que tuvo la iniciativa al cosechar adhesiones y rechazos en las diferentes bancadas. Fue, sin duda, una sesión inolvidable por el tenor de las posiciones y la carga emotiva que implicó un tema tan profundamente humano”.

La aprobación del matrimonio igualitario tuvo este trámite complejo, como todos lo son, de modo tal que tenemos aquí, en la rememoración de un protagonista directo una de las mejores explicaciones posibles de lo que significa ser diputado, o jefe de bloque, en épocas donde por imperio de múltiples circunstancias –y en ellas, no es poco lo que aportan los medios de comunicación- el papel del político y lo político en general está sujeto a numerosas descalificaciones, que nada tienen que ver con la necesaria observación crítica a que todo representante parlamentario debe ser naturalmente sometido.

Por otro lado, es sabido que todo representante popular o social, y en toda instancia política, posee como hecho aceptado y correcto, asesores y especialistas en cada tema que rodean al político. Podemos decir que en la tarea de Agustín Rossi encontramos otra lección parlamentaria de vastas alcances. Lógicamente, es de profundo valor la acción del personal que acompaña al diputado, cada uno con sus conocimientos específicos. Pero hay un punto, no indefinible pero no siempre a la luz, un momento quizás fugaz, donde el diputado está solo con sus pensamientos, ese momento a veces indescriptible de decisión en que no puede consultar papel o memoramdum alguno, por más bien elaborados que estén. Porque una sesión en la Cámara, no tiene un guión prefigurado. Que muchos lo construyan, que a veces de resultado, que sin duda son necesarios, no quiere decir que en las grande sesiones no existe ese momento de “soledad del orador”, soledad ante sus compañeros y ante su público, que no le ahorrarán observaciones cáusticas, en solo se debe a la autonomía absoluta de su conciencia, a la formación política que ha tenido, porque no su repentina intuición. Lo que escribe Rossi nos ofrece en este libro un testimonio fundamental sobre el tema, siempre sobre la ley de matrimonio igualitario:

“En esta ocasión, la mecánica no funcionó. Lo que habíamos escrito, lo que habíamos elaborado como equipo, sentía que no me llegaba, que no me permitía sumergirme en el tema. Sentía que hablaba en tercera persona, que hablaba sobre una cuestión que era de los otros. Entonces, el fin de semana anterior a la sesión, leí el libro Historia de la homosexualidad en la Argentina, del periodista Osvaldo Bazán. Fue una lectura esclarecedora que me posibilitó comprender qué siente una persona homosexual o lesbiana cuando es discriminada y, al mismo tiempo, entender los niveles de discriminación que existen en la sociedad”

Uno de esos momentos de libertad estilística es un uso genuino de la ironía, sin chicana. La inmemorial figura de la chicana figura en todos los breviarios al uso de los representantes parlamentarios; quien más quien menos se solaza en ella, incluso si elevan el menosprecio y se sitúan en las márgenes de la lengua parlamentaria admisible, que tolera, desde luego, un momento de pasionalismo repentino, incluso el calculado alfilerazo ofensivo. Rossi, creemos poder afirmarlo, se ha destacado por el uso prudente y elegante de tales recursos: véase esta requisitoria en oportunidad de aprobarse la Carta Orgánica del Banco Central:

“Señor presidente: voy a hacer algunas reflexiones antes de entrar a la cuestión de fondo. Si estaban tan convencidos de que había que modificar la ley de entidades financieras, ¿por qué no lo hicieron en estos dos años en que tenían mayoría en el Congreso?”.

La pregunta encierra su cuota necesaria de mordacidad, pero contiene el ariete de una pregunta de absoluta pertinencia. Pero las habilidades de un diputado, con ser todo lo profesionales que sus electores le pidan –nadie quiere votar a un representante sin cualidades, aunque desdichadamente eso ocurre muchas veces- un motivo central de una represtación de esa índole es no bajar nunca el nivel del debate, invocar en lo posible lenguajes que sin perder vivacidad popular tengan el principio de la autorreflexión en su seno. Y principalmente, tal como figura en los grandes textos de la política, “aceptar virilmente los golpes de la fortuna”. Creo imaginar al diputado Rossi largamente fogueado en ese trámite que viene de los antiguos, de viejas historias de senadores o de diputados de todas las épocas y todas las tendencias. ¿Cómo explicar lo que supone “una invectiva injusta” En primer lugar, no respondiendo con otra pieza del mismo calibre, sin norte ni fundamentación, sino con la prudencia y la sapiencia de quien sabe que la hora de la verdad –en el escenario público, en ese teatro político a la luz de las cámaras, en la sociedad, o en cualquier ámbito de la acción humana- puede demorarse pesarosamente pero asomar luego gracias a nuestra templanza y espera. Así, cuando se dijo que la banca da del FpV demoraba su bajada al recinto por estar en él el ex presidente Kirchener, luego de la inmediata derrota electoral de2009, Rossi establece sin inmutarse las verdaderas causas de un hecho que para el ciudadano común puede no revestir mayor significancia, pero en la historia parlamentaria argentina y mundial sí lo tiene. ¿Cómo se forma el quórum, como se mantiene en perrnanente tensión la concurrencia en sus asientos de los representantes? En la ocasión se debatía el siempre problemático tema de la formación de las comisiones y sus respectivas presidencias. Dice Rossi:

“Después de esa última reunión, llegó el turno de explicar lo resuelto a los compañeros de bancada. Obviamente, en forma paralela a las negociaciones con los bloques opositores, hacia el interior del Frente para la Victoria se había sustanciado un debate acerca de qué podíamos aceptar y hasta dónde debíamos ceder. Había que trabajar el consenso interno. Y todo contrareloj. Mientras esto sucedía, estábamos a la espera de completar el debate en el recinto con la presencia de Néstor Kirchner, quien debía asumir su banca ese mismo día”.

Pero no concluye Rossi su argumentación en este punto: la pone tanto a la luz de la coyuntura como de la historia: “Estamos haciendo algo nunca visto, inédito. Nosotros vinimos a esta sesión preparatoria con el claro compromiso y con la clara conciencia de que somos el bloque que representa con contundencia la primera minoría de esta Cámara. Tenemos diferencias individuales significativas con los bloques de la segunda, tercera y cuarta minoría, y reclamamos lo que en la historia parlamentaria han reclamado todos los bloques de la primera minoría: la Presidencia, la Vicepresidencia primera y la mayoría en aquellas comisiones que tienen que ver con la gobernabilidad. Y resulta que nos encontramos con una resistencia ante este planteo legítimo, histórico, avalado por la trayectoria parlamentaria y por la contundencia de nuestra primera minoría”.

Creemos que las argumentaciones parlamentarias se debe componer siempre de estos elementos: antecedentes históricos, tanto generales como de los antecedentes ocurridos en las anteriores generaciones parlamentaria sobre le mismo tema, y luego vendrá el tizón encendido de la coyuntura. No hay, por cierto, escuelas del-buen- diputado. La política son flujos vivaces de la conciencia social de los que siempre estamos aprendiendo, además de que siempre es imprescindible auscultar la trama del memorial de cada país y su propia historia parlamentaria, los informes sobre el tema que se trata, y no menos importante que ellos el cuidado de la expresión pública, que sin dejar de conceder a formas corrientes del habla, deben hacerse interactuar con la lengua sutil y argumentativa propia de los representantes del bien público. No se trata de hablar sin arrebatos –Rossi lo ha hecho a menudo-, sino que el arrebato sea también una pedagogía que comunique el temblor pedagógico en que ocurre toda historia y signo colectivo.

Y cuando se hace necesario, pronunciar nombres también Rossi sabe hacerlo en la franqueza de la crítica cara a cara. Nombres y conceptos van de la mano en toda oratoria, hacen al arte de la demostración. Veamos este fragmento de la alocución de Rossi en oportunidad del debate de las AFJP:

“De Ángeli no era el único dirigente agropecuario que se había sumado a la ofensiva. También lo había hecho Pedro Apaolaza, entonces titular de la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (Carbap). La Unión Cívica Radical (UCR), liderada por el cordobés Oscar Aguad, no dudaba en adoptar un fuerte tono opositor. El propio Aguad había anticipado que su bancada votaría en contra. También la Coalición Cívica, liderada por Adrián Pérez, se oponía. Más previsible era el rechazo del Pro, encabezado por Federico Pinero. Una vez más se anunciaban presiones cruzadas y vigilias en las inmediaciones del Congreso. El intento por reimpulsar la coalición opositora era claro. Los que empujaban la convocatoria se autodenominaban Mesa de Enlace de Grupos Auotoconvocados Contra la Confiscación. Desde el blog que los nucleaba llamaban a la “resistencia y la rebelión” y difundían consignas como “no al asalto a las AFJP”. El montaje estaba la vista”.

Los discursos parlamentarios están en la historia. No son textos ni libros de historia, pero nos equivocamos si creemos que solo pertenecen a la fugaz historia del presente. Son una de las fuentes primigenias del historiador futuro, que agradecerá estas páginas de Rossí, en su precisión no desprovista de templada euforia refutativa.

Otra lección de gran interés para el estudioso de la historia, la política y la vida parlamentaria que puede aprovechar la apreciaciones específicas del diputado Rossi, se refieren a la cuestión del tiempo. No es un secreto para nadie que la política tiene muchas aristas, y una de ellas, la más dramática, es la decisión. Y ésta ocurre siempre en el tiempo. Todo representante político o social que actúa en ámbitos legislativos, lidia con el tiempo. Veamos aquí los movimientos de evitación, dilación, postergación, aplazamiento. El político debe conocerlos y actuar con honestidad temporal hacia ellos. Pude intercalar una cosa tras otra en el tiempo, superponer y combinar. Pero no afectar el tiempo real del presente de las instituciones y sus secuencias temporales previstas con artificios sacados de un vasto manual bien conocido.

He aquí lo que dice Rossi al respecto, para mosttar que el tiempo no es inocuo en ninguna actividad humana: “El Grupo Clarín y el diario La Nación, pero también muchos canales y radios asociados o propiedad de los multimedios afectados por el carácter antimonopólico del proyecto, trataban de evitar que la ley se sancionara. Para ello presionaban sobre los diputados del interior. La situación tenía características similares a lo que había ocurrido durante el debate por la Resolución 125. Era habitual que mostraran sus rostros señalando quienes estaban a favor y quienes en contra. Buscaban, nuevamente, torcer voluntades. Y lo hacían estigmatizando. Una vez más se planteaba la cuestión del tiempo como un factor que podía inclinar la votación hacia un lado u otro. Lo dije claramente en el recinto: “Sabemos que a veces las cosas se pueden hacer más prolijas y más ordenadas, pero en este caso y en esta sesión, claramente, el tiempo no es inocuo”. No lo era en ese momento, ni lo había sido nunca.

¿Y respecto al comportamiento de la oposición en la crucial ley de medios? El debate, que hubiera sido tan importante como el de Ley 1420, no se produjo. Comentario de Rossi: “¿Por qué la mayor parte de la oposición rehuyó el debate? ¿Cuáles fueron los motivos por los cuales sus diputados se levantaron de las bancas y no expresaron sus opiniones? Transcurrido varios años de la histórica sesión, y a la luz de los planteos judiciales posteriores, que pretendieron impugnar el trámite legislativo y por inconstitucionales algunos de los artículos de la ley, todo indica que lo hicieron para quitarle legitimidad a una ley que afectaba intereses muy concretos. La intención quedó en evidencia en muchas ocasiones, algunas veces, incluso, delante de las cámaras de la televisión. Como en ocasión de un debate en el programa Desde el llano, que se emite por Todo Noticias y conduce el editorialista de La Nación Joaquín Morales Solá. En ese contexto, Oscar Aguad, por entonces titular del bloque de la UCR, llegó a decirme que su bancada estaba dispuesta a acompañar si sacábamos del proyecto los artículos antimonopólicos. Fue el lunes previo al inicio del debate legislativo. A confesión de parte, relevo de pruebas”.

No se priva, como vimos, de ingresar a un tema fundamental, la íntima relación entre el debate parlamentario y el modo en que se producen los debates en la televisión. Ésta irrumpe con su particular estilo de justicia mediática en todos los debates, modulándose en otra temporalidad y en otra inteligibilidad, dejando a las representaciones parlamentarios en un estadio disminuido de aceptación social cuando son sometidas al poder selectivo, ordenador y promocionador de los medios de comunicación. A Rossi no se le ha escapado esta nueva realidad mundial: “Hoy, a varios años de sancionada la ley, sigo convencido que el grado de calidad que adopte la democracia en el futuro dependerá en gran parte de la forma en que se resuelva la discusión entre la política y los medios de comunicación. Si esta discusión se salda a favor de la política, tendremos una democracia de mayor intensidad, con mayor participación ciudadana. Si el debate se salda a favor de los medios de comunicación, tendremos una democracia mucho más corporativa, una democracia de baja intensidad, que es lo que han buscado siempre las corporaciones. No en vano el discurso que machaca sobre la corrupción tiende, en esencia, a desincentivar la participación, generando baja credibilidad en la dirigencia. Siempre ha sido así. Lo hicieron con Hipólito Irigoyen y con Juan Domingo Perón. Son campañas de desprestigio”.

El resultado es el entorpecimiento del debate, el cegamiento de las fuentes discursivas, la decadencia del orador parlamentario, la pérdida de autonomía de la representación social. Rossi, experimentado militante, ha sabido y sabe de todo esto: “Quiero confesar algo. Yo sé que para muchos de los bloques que hoy están sentados acá, y también para muchos de nuestros compañeros, quizás uno o dos días más de trabajo, la semana que viene como planteó alguno, hubiese sido lo más prolijo. No es que a nosotros no nos preocupen las formas, porque siempre tratamos de cuidarlas. Pero lo que nadie puede dejar de entender o de reconocer es que el debate de esta ley no fue aséptico, no fue que se dio solamente entre diputados que pensábamos de forma distinta. Hubo presiones, descalificaciones, amenazas y mal uso de los medios de comunicación. Muchas audiencias públicas desaparecieron durante varias horas de los canales de noticias. Hubo operaciones de prensa, hay operaciones y va a seguir habiéndolas….”.

Concluímos este prólogo que tuve la honra de hacer, bien que más rápidamente de lo que hubiera querido, con el recuerdo de un episodio donde el entonces diputado Rossi –hoy Ministro de Defensa- tuvo una actitud de coraje cívico y aptitudes para la movilización basada en el conocimiento relevante de las cuestiones de las nuevas condiciones de la producción agraria que estaban y siguen estando en juego:

“Para nuestro bloque, la Resolución 125 se había constituido en el momento más difícil desde su formación en 2003. Fueron cuatro meses de discusiones en los que el nivel de tensión fue en permanente aumento. No fue sencillo. En especial para los diputados de provincias agropecuarias. En Santa Fe, por ejemplo, el socialismo y los radicales habían articulado, y lo seguirían haciendo con posterioridad, un discurso que hacía coincidir los intereses de los productores con los intereses de la provincia. Incluso, con anterioridad al tratamiento de legislativo, Hermes Binner le había cedido a la Mesa de Enlace el balcón de la gobernación, un signo muy fuerte de la institucionalidad. De esta forma, buscaban ponernos en el lugar de un traidor. Una conjugación maquiavélica que, merced a la insistencia mediática, tendría consecuencias en el resultado de las legislativas de 2009 y que configuraría, de allí en más, un escenario de campaña muy complejo.

Vale la pena reiterarlo: desde entonces, la oposición buscó instalar la idea de que nuestras recorridas por las zonas rurales tenían por objetivo provocar a los productores. Era habitual que cuando nos acercábamos a un pueblo nos encontráramos con los accesos bloqueados. El tema de las retenciones, a diferencia de otros debates legislativos, no se diluyó. Quedó presente en el espacio público durante mucho tiempo. De una u otra forma fue reactualizado por los medios dominantes y una oposición que, de cara a la elección de junio de 2009, comenzó a sumar candidatos que provenían del ámbito rural. Articulados, oposición y medios redoblaron sus esfuerzos por caracterizar al kirchnerismo como un gobierno autoritario. Un discurso al que se mostraban permeables algunas franjas de la sociedad, aun cuando el propio tratamiento de la Resolución 125 implicó la introducción de modificaciones; situación similar a la que se verificaría con posterioridad, por ejemplo, con la nueva ley de medios audiovisuales y el nuevo régimen electoral.

“Sin embargo, y al margen del innegable efecto electoral que acarreó el debate, el destino final de la Resolución 125 marcó, en gran medida, el nacimiento de una nueva etapa para al kirchnerismo. Visto a la distancia, el debate nos permitió mejorar nuestros niveles de argumentación. Se nos decía que comunicábamos mal. Sin embargo, la realidad era que no nos dejaban comunicar. La única voz distinta que se pudo escuchar durante los meses que duró el conflicto fue la voz de la Presidenta que, con una gran visión política, marcó el camino y anticipó escenarios. Hasta ese momento habíamos sido un gobierno que apostaba a los hechos. A partir de entonces, la comunicación ocuparía un lugar central en la agenda del Frente para la Victoria. La participación juvenil, la aparición de los blogueros como mecanismo de comunicación alternativo y el nacimiento de Carta Abierta le darían al proyecto nacido en 2003 una consistencia argumentativa y una base de sustentación que hasta entonces no tenía…”.

El lector leerá estos mismos párrafos en el interior de las páginas de este libro. A su manera, un libro de historia. De otro modo, testimonio de un militante. Y si podemos agregar algo más, un ejemplo de cómo ejercer una representación política atribuida por la Constitución Nacional y la votación del pueblo soberano.