Introducción. Ética, convicción y debate
Por Eduardo Anguita. Periodista.

Agustín Rossi forma parte de un grupo de dirigentes políticos que, después de Néstor y Cristina, ha generado más piezas discursivas de esta larga década kirchnerista. Es cierto que más no significa mejor y están estas largas memorias recientes como testimonio vivo de lo que su autor nos entrega. Quedará a juicio del lector la propia valoración de los aportes realizados por quien fuera ocho años consecutivos presidente del bloque del Frente para la Victoria en Diputados. Si algunas notas pueden agregarse al libro, yo señalaría unas pocas consideraciones antes de consignar algunos datos sobre Rossi que son producto de charlas entre este cronista y el ahora ministro de Defensa.

Lo primero a destacar es que a Rossi le tocó la tarea de defender una posición y no solo de elaborar discursos con contenido doctrinario. El discurso parlamentario, como género, está predeterminado a ser una pieza que confronte, que dispute, que trate de neutralizar argumentos ajenos y, a la vez, jerarquice los argumentos de la fuerza política propia. Muchas veces, quien esgrime argumentos sabe de antemano si tiene los votos suficientes como para convertirlo en el discurso ganador o si esa pieza quedará como un testimonio que será valorizado con el tiempo. Como los porotos parlamentarios ya se contaron -y muchos de ellos se convirtieron en leyes significativas de la Argentina- el sentido de estas páginas es principalmente darle perspectiva a lo sucedido en esta última década en el Parlamento. Perspectiva quiere decir, en este caso, no solo regresar a momentos claves de este pasado inmediato sino proyectar hacia delante cuáles son los temas que las instituciones deben abordar como agenda central para avanzar a una sociedad más justa, a un sistema político más integrado y transparente, así como a una economía que se diversifique y ponga límites al proceso de extranjerización y concentración del capital.

Rossi llegó a la presidencia del bloque el 10 de diciembre del 2005, cuando se estrenaba como diputado nacional por Santa Fe. Era la primera vez que el kirchnerismo lograba la mayoría en la Cámara. Entre 2003 y el 2005 había un bloque peronista que se fractura cuando un sector acompaña la decisión de Eduardo Duhalde de que Hilda González de Duhalde enfrentara a Cristina en las elecciones para senadores en el distrito bonaerense. El Frente para la Victoria más que duplicó los votos del peronismo conservador y esa fractura le daba una impronta muy particular al oficialismo en ese momento. Entre las elecciones parlamentarias y la asunción de los nuevos legisladores se produjo uno de los acontecimientos más emblemáticos del ideario de Néstor Kirchner como fue el No al ALCA junto a otros mandatarios latinoamericanos y enfrentando abiertamente los designios de tratados de libre comercio propuestos por el mismísimo George Bush en aquellos febriles 4 y 5 de noviembre en Mar del Plata.

En Diputados, esa fractura significó el alejamiento de quien presidió el bloque oficialista entre 2003 y 2005, José María Díaz Bancalari, que había ido como candidato a senador junto a Hilda González de Duhalde. Ese vacío fue cubierto por una conducción colegiada de cuatro diputados: Jorge Argüello, Osvaldo Nemirovsci, Carlos Caserio y Juan Manuel Urtubey. Para quien hilara fino, además de representar cuatro distritos distintos (Ciudad de Buenos Aires, Río Negro, Córdoba y Salta), esos cuatro diputados provenían de expresiones diversas del peronismo. Todos respetaban el liderazgo de Kirchner pero cada cual tenía sus propios matices. Podría decirse que Argüello era cercano a Alberto Fernández, Caserio a José Manuel De la Sota y Urtubey, hasta entonces, estaba asociado a Juan Carlos Romero. Podría ser objeto de numerosas páginas desentrañar las diferencias de matices –y muchas de fondo- que significaba una conducción de bloque colegiada. Pero alcanzará al lector simplemente tomar dimensión de la misión que le dio Néstor Kirchner a ese ingeniero que acababa de cumplir 46 años y dejaba su banca de consejal de Rosario para conducir el bloque kirchnerista con mayoría propia.

Al momento del anuncio se supo que Alberto Balestrini ocuparía la presidencia de la Cámara de Diputados y que la vicepresidencia recaía en Patricia Vaca Narvaja. Dos dirigentes con los que Kirchner había desarrollado lazos muy estrechos. Del mismo modo, quien secundaba a Rossi en la tarea del bloque estaba Carlos Cuto Moreno, con quien Kirchner había compartido militancia en La Plata en los años setentas. Como vicepresidente segundo quedaba el cordobés Caserio. En ese entonces se abría el espacio del kirchnerismo en el firmamento argentino. Recuperación de la moneda, de la educación, del empleo, negociación de la deuda y el tremendo desafío de recuperar la memoria y enjuiciar a los genocidas. Kirchner era la expresión de una nueva alianza social y política que combinaba dignidad, gestión pública y duplicación del caudal electoral. Rossi debe ser entendido y leído como uno de los eslabones de ese encadenado.

Un día antes de conocerse públicamente su nombramiento, el jefe de Gabinete Alberto Fernández se reunió con él y le dijo:

- Mirá, estamos pensando en el tema de la conducción del bloque.
- Ah, yo venía por eso, porque históricamente a Santa Fe le toca una de las dos vicepresidencias… -contestó Rossi hasta que Fernández lo interrumpió.
- Bueno, la vicepresidencia, la presidencia…, pero no digas nada, no comentes con nadie. Lo que sí, charlá con los cuatro compañeros que están en la conducción del bloque.

Con el vértigo de esos momentos, Rossi se instaló en la oficina de la presidencia de bloque antes de conocer los pasillos de Diputados. Al punto tal que su primer discurso como titular de la bancada oficialista fue antes de haber jurado como diputado. Por protocolo, en la sesión preparatoria, antes de las juras de los nuevos diputados, se tratan las impugnaciones a los diplomas. Había dos ese día. La del genocida Jorge Abelardo Patti, que desde ya fue sostenida por Rossi y sus compañeros de bancada y la de Eduardo Lorenzo Borocotó, que en una verónica de torero abandonaba al PRO, partido por el que había llegado a la cámara, para constituir un bloque unipersonal aliado al kirchnerismo. Por disciplina, votó por Borocotó. Yo lo conozco, diría Gieco.

Así se estrenaba en las lides parlamentarias Agustín Rossi, oriundo de la pequeña ciudad de Vera, pueblo del norte santafesino, que a los 18 había ido a Rosario a estudiar Ingeniería y que militó en la Juventud Peronista desde muy joven. Abandonaba la presidencia del Consejo Municipal de Rosario, de solo 30 miembros, para toparse con otros 256 diputados nacionales.
-Dentro de 15 días Rossi va a dejar de ser presidente del bloque oficial y va a reasumir Díaz Bancalari –sentenció Elisa Carrió, pero esa vez se equivocó por ocho años.

Para el verano de 2006, Néstor Kirchner convocó a sesiones extraordinarias: Presupuesto para el año en curso y, una vez más, la prórroga de la ley de Emergencia Económica, una de las primeras normas enviadas por Carlos Menem al Congreso (1989) para tener superpoderes. Para Kirchner, gestionar ese Estado, desguasado y defaulteado, no podía ser sin pragmatismo. Por eso repetía que el dilema que enfrentaba era entre ser el último de lo viejo o el primero de lo nuevo. Y en esa marcha hacia delante, Kirchner dobló la apuesta y firmó un decreto de necesidad y urgencia (DNU) por el cual anunciaba que la Argentina pagaría el 100% al FMI. El DNU va al Congreso y ambas cámaras lo ratifican. Apenas habían pasado cuatro años de la crisis de 2001. Por entonces, algunos cuantos se animaban a hablar de futuro. La Argentina empezaba a transitar una nueva etapa. Movimientos sociales, la vieja guardia de la militancia setentista, organizaciones de derechos humanos y diversos sectores del sindicalismo cerraban filas con Néstor. Las tensiones entre las distintas vertientes estaban en la superficie.

En la primera reunión de bloque, Rossi planteó que el espacio debía llamarse Frente Para la Victoria – Partido Justicialista. Toda una definición. Por un lado, quienes se habían incorporado a la Cámara en 2003 y en 2005 lo habían hecho bajo el nombre de FPV y la mayoría eran peronistas. Algunos preferían que se llamara PJ a secas. Ese equilibrio no solo indicaba la convivencia con los no peronistas sino que estaba diciendo claramente cuál era el momento del peronismo que se vivía con el liderazgo de Kirchner. Más allá de que las elecciones de 2005 le habían dado un gran respaldo al kirchnerismo, el bloque del Peronismo Federal tenía un peso simbólico y planteaba –sobre todo en la provincia de Buenos Aires- un territorio ideológico y político en disputa que no se iba a zanjar de la noche a la mañana. Rossi, como buena parte de los dirigentes peronistas de estos años sentía que no había contradicción por ser peronista y kirchnerista. Sin embargo, para un escenario más amplio, y dadas la historia de corrientes de izquierda y de derecha dentro del peronismo, esa convivencia atraviesa por diferentes estadios. La decisión de bautizar el bloque FPV – PJ era también una medida de los desafíos al interior del peronismo.

Figura central del equilibrio en Diputados era su flamante presidente y líder político de La Matanza, Alberto Balestrini. “Ya había estado en la Cámara como secretario administrativo, secretario parlamentario y secretario administrativo, así que la referencia más clara del bloque era Alberto Balestrini. Y él siempre apoyó la conducción del bloque. Yo tuve un apoyo enorme en los primeros tiempos”, recuerda Rossi.

¿Qué agregó Rossi? Según su propio registro, puso en valor dos cuestiones. Lo que llama un bloque de puertas abiertas donde concurrían todos los legisladores y la convicción de que no solo debían sumar votos sino también ganar los debates, argumentar con convicción.

El reglamento de la Cámara de Diputados establece que las sesiones empiezan con las exposiciones de los miembros informantes de cada uno de los bloques o con el presidente de la comisión que tuvo más peso en el proyecto a tratarse. Luego tienen la palabra los representantes de los bloques. Recién después hablan los diputados que se inscribieron y, por último, llega el turno de los presidentes de los distintos bloques. El cierra es del presidente del bloque oficialista. Primera cuestión: Rossi debía entrenarse en la paciencia y la escucha. Segunda cuestión: vio la oportunidad de elaborar sus posiciones con la ventaja de haber escuchado a todos los opositores y de haber recogido todos los aportes de su equipo de trabajo que seguía el latido de las maratónicas sesiones.

Precisamente esos discursos, con sus textos y sus contextos, son el corazón de este libro de su autoría. Esas piezas discursivas podrán alimentar al militante, al parlamentario, al cientista político y, en definitiva, al ciudadano de a pie que valora las tres décadas de democracia y también se interroga acerca de cómo sacarle el jugo a esa compleja maquinaria, muchas veces devaluada ante la opinión pública, que es a la vez un potente laboratorio de la vida republicana.

Dado que este libro tiene como uno de sus ejes la ingeniería del discurso parlamentario –una metáfora que viene a cuento de la formación académica del autor-, el lector podrá introducirse en algunos aspectos específicos de la retórica y las técnicas legislativas. En ese sentido, a lo largo de estas páginas el lector podrá encontrar cuáles fueron los procedimientos que Rossi utilizó para elaborar las diferentes piezas que expuso en el recinto. Como ejemplo, vale mencionar que cuando se inicia una sesión, por protocolo, corresponden que el primer discurso es de quien preside la comisión cabecera del tema a tratar. Ese legislador debe dar basamentos técnicos y legales al proyecto de ley que defiende. Entre ese comienzo y el discurso de cierre –que correspondía a Rossi por presidir el bloque oficialista-, en el recinto se suceden una cantidad de exposiciones opositoras destinadas a argumentar en contra e incluso deslegitimar las palabras iniciales. La misión de Rossi no solo era reafirmar la posición inicial sino agregar argumentos o rebatir datos, para lo cual no solo debía estar atento sino contar con la colaboración de un equipo -encabezado por Germán Martínez, su jefe de asesores- que estuviera atento a la sesión y brindara suficiente respaldo. Por costumbre, en algún momento avanzado de la sesión, Rossi se iba a su despacho, se encerraba solo con papeles, tomaba algunas pocas notas, se las repetía como lo hacía antes de ir a dar un examen y se sentía en condiciones de exponer. Nunca leyó un discurso. Buscaba retener argumentos en tres direcciones: sentido lógico y técnico, respuestas a los argumentos opositores y, finalmente, explicación del sentido político de la ley dentro del proyecto kirchnerista.

Algunas pocas veces se valió de citas textuales. Entre quienes citó, estuvieron Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Juan Perón, Néstor Kirchner, Eduardo Galeano y su comprovinciano Lisandro de la Torre. La cita a Lisandro de la Torre fue, como debía ser, por un debate sobre las carnes. Que esta mención sirva de pie para que este cronista transmita lo que sintió y pensó durante los vibrantes días del conflicto desatado por las patronales agropecuarias contra la decisión del gobierno de imponer las retenciones móviles a través de la Resolución 125. Se trató del momento de mayores tensiones durante los gobiernos kirchneristas. Desde el 11 de marzo hasta el 18 de julio de 2008. Arrancó cuando el entonces secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca, Javier de Urquiza, anunciaba el aumento de las retenciones a la soja, el maíz y el girasol. Las retenciones habían sido aumentadas otras veces, pero esta vez la novedad es que, en lo sucesivo, serían móviles. Es decir, se incrementarían de acuerdo a una escala en función del precio de esos commodities. El domingo 16 de marzo, las rutas de la Pampa Húmeda y de todos los territorios donde había soja estaban cortadas por piqueteros de las entidades rurales que se opusieron de modo flagrante a resignar parte de su renta extraordinaria para ser utilizada en beneficio del conjunto del país. En la Cámara de Diputados y también en el Senado hubo una gran cantidad de legisladores que sufrieron la presión directa de las patronales agropecuarias y de sus grupos de choque por defender la 125. En Diputados, al menos a juicio de este cronista, hubo dos personas que tuvieron una claridad de conceptos extraordinaria. Uno fue el cordobés Alberto Cantero, quien presidía la Comisión de Agricultura de la Cámara baja. Ingeniero agrónomo, militante peronista, docente y rector de la Universidad de Río Cuarto en los noventas, luego intendente de esa ciudad entre hasta 2003. Cantero solía volver en autobús a su ciudad y los de la Sociedad Rural de allá lo esperaban con insultos cuando no con huevazos. Un político austero y valiente agredido por millonarios que no estaban dispuestos a pagar tributos a un Estado democrático. El otro diputado destacado de aquellos días febriles fue Rossi. El domingo 11 de mayo, un grupo de ruralistas encabezados por el presidente y el vice de la Sociedad Rural de Rosario, fueron a su casa a matonear y gritar mientras Rossi estaba con su esposa y sus hijos. En vez de reaccionar como cualquiera podría haberlo hecho ante semejante provocación, Rossi sacó un comunicado que debe ser leído sin perder de vista ese momento de tanta tensión. Está claro: si reaccionaba, si caía en la provocación no perdía él sino el conglomerado social y político que no estaba dispuesto a ceder ante la furia de los sectores poderosos del campo.

Así contestó Rossi: “A pesar de la violencia ejercida por quienes rodearon con gritos y altavoces mi domicilio en el que se encontraba toda mi familia, permanecí solo en la calle frente a los agresores durante todo el tiempo del ataque hasta que se retiraron del mismo modo en que llegaron. No me escondí, no me escondo ni me esconderé jamás de nadie así como tampoco rehuí ni rehuiré jamás ninguna forma de debate democrático y civilizado sobre ningún tema ni rechacé jamás ningún requerimiento de la prensa. Centenares de ciudadanos y periodistas de todo el país dan fe todos los días de esto. Sin embargo, muchos de los participantes de la protesta, me rodearon y trataron de provocarme con insultos, pidiendo mi renuncia como diputado nacional acusándome de no haberlos recibido cuando ninguno de los allí presentes, incluyendo a los directivos de la Sociedad Rural, jamás me hicieron llegar inquietud alguna ni me solicitaron nunca una entrevista. Estos mismos dirigentes son quienes rompieron la semana pasada la mesa de diálogo y ahora, como el Gobierno no accede a su presión para implementar una política que los tenga comos beneficiarios, comienzan a hostigar con violencia a los representantes elegidos por el pueblo de la Nación. ¿Qué les molesta? ¿Qué defiendo a un gobierno elegido por el 45 % de los votos y responsable de la enorme recuperación económica, política y social que todos reconocen? ¿Qué hable, que dé la cara, que no me esconda? ¿Prefieren, a los dirigentes que nunca se definen, a los especuladores, a los que nunca se sabe qué opinan? ¿Qué les molesta? ¿Qué esté en desacuerdo con un lock out patronal que provoca desabastecimientos, desaceleración económica, incremento de precios, reducción de la recaudación fiscal en la Nación y las provincias?”.

Conviene una vez más desmentir eso de que el Congreso fue o es una escribanía de la Casa Rosada. En esa oportunidad, en Diputados hubo una serie de modificaciones que no pasaron por el Senado y que retomaban el legado del gran Horacio Giberti, aquel ingeniero agrónomo y académico que fue electo secretario de Agricultura de Héctor Cámpora en mayo de 1973. Cantero y Rossi hilvanaron una serie de modificaciones a la 125 que permitían discriminar –en el sentido positivo- a quienes estaban lejos de los puertos, o tenían menor rentabilidad o unidades de producción medianas y pequeñas. Esa diferenciación era clave para romper también con otro mito: que todos los productores forman parte del núcleo de privilegiados del campo.
En conversaciones con este cronista, Rossi dijo que el lobby más fuerte fue el de la 125. “En realidad, por haber ganado en una (Diputados) y haber empatado en otra (Senadores) no nos fue tan mal”. Pero Rossi, además, agregó algo interesante en relación a cuál debe ser la actitud de un legislador que tiene intereses privados al tiempo que se trata una ley relacionada con el sector interesado. Concretamente, el senador Roberto Urquía, el 25 de junio de 2008, antes de la votación en el Senado, se acercó al jefe de la bancada, Miguel Ángel Pichetto, y anticipó que votaría contra la 125, pero que dejaba la presidencia de la Comisión de Presupuesto y también dejaba la vacante que ocupaba en la Comisión de Agricultura. Urquía es el dueño nada menos que de Aceitera General Deheza.

“Yo en algún momento –me dijo Rossi- pensé: ¿cómo es que tipos que tengan campos no se abstienen de ¿ ¿Dónde está el legislador? Cualquiera que tenga campos, ¿por qué no se abstiene de votar? Ahí hay una cuestión de la ética política. Era tal la distorsión que a nadie se le ocurrió –a mí tampoco en ese momento– plantear eso. Urquía no puede votar. (Carlos) Reutemann no puede votar. Yo no cuestiono las hectáreas de campo sino el conflicto de intereses. Y cuando sos legislador debés defender el interés general. También vale preguntarse cómo estaba inclinada la balanza comunicacional en ese momento, porque lo que se subvirtieron fueron los valores en el debate de la 125. El que defendía un interés personal logró que ese interés fuese transmitido como colectivo y nosotros que defendíamos el interés colectivo, mucha gente pensaba que nos queríamos quedar con la plata de los productores. Fue increíble el poder de comunicación: el tipo que tenía, digamos, 2.000 hectáreas era defendido por muchos medios. En cambio, los que estábamos defendiendo -mal o bien, pero no era plata que se iba a llevar Cristina a la casa sino que para sostener el Estado- teníamos una oposición fuerte de parte de un sector importante de la sociedad.

En las páginas de este libro, a criterio de quien hace esta humilde introducción, el lector encontrará material para reflexionar sobre la relación entre política, identidad, persuasión y también para sumergirse en momentos de la historia reciente que, cada tanto, sacan a la superficie algunas de las contradicciones profundas de la sociedad argentina. Del mismo modo, vale la pena advertir que el lector no encontrará historias cautivantes como las referidas a los lobbies económicos y sus incidencias en las leyes. Seguramente sería motivo de algún otro libro con el cual, quizá, algún día Rossi pueda colaborar.

Pero baste mencionar que, en los ocho años que fue diputado, Rossi no fue denunciado ni en medios adversos ni en juzgado alguno por manejos oscuros o tráfico de influencias. En todo caso, pagó un precio muy alto en la vida política de Santa Fe por la defensa de las retenciones móviles y por las notables modificaciones logradas en Diputados al proyecto inicial. Sería incorrecto desconocer que Rossi era y es parte de un colectivo político y que actúa en función de esa identidad. Sin embargo, es preciso recalcar que la lucha por un país más justo y más soberano está tan plagado de matices e intereses diferentes como de frustraciones. Los impacientes deberán templarse y los convencidos deberán abrirse al diálogo.

Estas páginas son una contribución sincera para todos los sectores que buscan realmente terminar con las posiciones dominantes y monopólicas, con las rentas extraordinarias y con la reprimarización de la economía. Ese desafío no es patrimonio de un sector. En absoluto. Incluso, la experiencia indica que en todas las expresiones políticas, incluyendo el peronismo, hay intereses cruzados al respecto.

Este cronista, sin perjuicio de tener sus propias fuentes informativas y su propia valoración sobre el autor, quiso saber de su propia boca si en los años al frente de la bancada kirchnerista-peronista había tenido reuniones con lobbistas o representantes de grupos de poder económico que pudieran buscar un acercamiento en las sombras para obtener beneficios. La respuesta fue tajante: “Todas las reuniones sobre asuntos parlamentarios las tuve en el despacho; además, los lobbistas sabían que conmigo el arreglo no caminaba. No iban a perder el tiempo”.